En algún momento les platiqué la relación que surgió entre mi padre y mi abuelo a raíz del infarto cerebral que sufrió el segundo. Situación por la que tengo que pedirles una disculpa de forma anticipada ya que seguramente en este texto volverán a leer elementos que ya habían leído entonces. Disculpa de lado ¿qué ha sucedido desde entonces?
De ese tiempo para acá se han dado muchas cosas, la salud de mi abuelo empeoró poco a poco, de ser un hombre que buscaba mejorar, que luchaba incansablemente por una vida que para todos a su alrededor parecía sin sentido, se fue transformando en un ser pensativo, ensimismado, melancólico, dolido y todo aquello que cualquier persona sometida a dosis intensas de dolor físico y emocional puede llegar a ser y sentir. Todo ese viacrucis modificó sustancialmente la relación que tenía con su familia y con todo aquel que tenía algún tipo de relación con él.
Complementando lo anterior, casi como un augurio los primeros males que lo aquejaron fueron aquellos que terminaron con su vida. En más de una ocasión los doctores nos reunieron para decirnos que hiciéramos lo posible para estar con él porque seguramente no llegaría al siguiente día. A fin de cuentas el Dr. Navarro, en esta etapa paciente, pudo más; alimentar trece bocas, crear un negocio exitoso y articular proyectos de largo plazo fueron retos que no representaron nada comparado a lo que vivió en los últimos años. Sin embargo, llegó un punto donde la vida lo obligó a convencerse de su propia muerte.
Un día antes de ese momento dos de sus hijas y dos de sus nietos, entre los que me encontraba yo, nos tocó vivir uno de los episodios más dramáticos de su enfermedad ya que la neumonía no lo dejaba respirar. Su nivel de oxigenación disminuyó sustancialmente hasta que todos los ahí presentes tuvimos que hacer lo que pudimos para tratar de motivarlo a seguir respirando.
El día de hoy puedo decir que ese fue el último regalo que nos dio, nos brindó la ilusión de creer que nuestras palabras y acciones habían logrado prolongar un poco su vida, cosa que en efecto ocurrió. Sin embargo, aquello con lo que luchamos todos los seres humanos durante toda nuestra vida pudo más que nosotros, horas después, en la intimidad de la madrugada, decidió que su destino estaba en otra parte.
Mi abuela, una mujer incansable y profundamente comprometida con sus hijos y familia tuvo la oportunidad de descansar y desahogarse un poco, reconocer el infierno en el que vivió mi abuelo no sin antes dejar de darle a Dios el crédito suficiente de la decisión de su partida.
Algunos días han pasado desde entonces pero he tenido la oportunidad de estar cerca de mi abuela y reconozco en ella no solo a una mujer inteligente, sensible y amorosa sino a una persona quien por encima de cualquier cosa quiso anteponer sus intereses y sentimientos personales por un proyecto familiar. Espero que la recompensa de eso sea la capacidad de disfrutar algunos años de vida llena de dicha y satisfacción.